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emma @ 23/08/2010

EL ARTE DE MATAR

ARTÍCULO PUBLICADO EN EL DIARIO DE FERROL EL 22 DE AGOSTO DE 2010
ESCRITO POR EMMA GONZÁLEZ ÁLVAREZ

El toreo a pie surgió cuando la nobleza, fascinada por los usos y costumbres versallescos
traídos por Felipe V de Borbón (1700-1746) o bien por cortesía hacia el rey, que consideraba la
Fiesta un espectáculo bárbaro y cruel, abandonó las plazas y el toreo a caballo.
Entonces, el pueblo, la plebe, aprovechó la oportunidad, saltó a la arena, se apoderó de la
fiesta y creó el toreo tal como hoy lo conocemos. Posteriormente, los varilargueros, los
conocedores y mayorales de las ganaderías, sucedieron a los señores; pero a partir de esta
fecha el matador de a pie se impone indiscutiblemente en el favor del público. A mediados del
siglo XVIII surgirían los primeros carteles de toros y la fama para los primeros toreros donde el
pueblo les cantaba coplas a la suerte o arte de matar. Surgirían los tercios de lidia, de varas, de
banderillas y de muerte. Se inventó la suerte primordial del toreo de capa, la verónica.
Mejoró el uso de la muleta dotándola de eficacia para la lidia y de hondura artística, la estocada
a vuela pies o volapié. Finalmente se modificó el vestido de torear estableciendo la chaquetilla
bordada, con galones de oro para los maestros y de plata para los subalternos, el calzón de
seda y la faja de colores. Y así comienza el siglo XIX.
El baile, el teatro y la fiesta de toros son las diversiones favoritas del pueblo; la aristocracia
recibe en sus salones a los toreros, que el pueblo ha llevado a la fama. Aquí está el arte del
toreo. Indiscutible desde este punto de vista. El arte, el torero y su valor en la plaza. Pero en el
otro lado, aparece el animal.
Es encerrado en un pequeño y oscuro chiquero con el fin de desorientarlo, asustarlo y luego
soltarlo. El torero ordena los puyazos del picador, que consiste en clavar una lanza en la
espalda del toro, para desangrarlo, destrozándole músculos, vasos sanguíneos y nervios. Un
solo puyazo puede acabar con el toro, pero se hace en “tres tiempos para deleite del público”.
También están las banderillas, que tienen el mismo fin, desangrar al toro y debilitarlo. Algunas
con un arpón de hasta 15 centímetros. El toro sangra y se enfurece con sus terribles heridas
hasta que cae muerto por el estoque del torero. Incluso, cuando tras la estocada no cae y
comienza a sangrar por la boca, hay que rematarlo en la plaza. ¿Cómo nos puede gustar
esto?.
Confieso tanto mi ignorancia como mi indiferencia con respecto al toreo. Intuyo su valor como
arte. Sin conocer ni querer conocer nada del toreo, lo que se ve en una plaza no es más que la
tortura física de un animal, se mire por donde se mire.
Quien ha asistido a corridas en plazas cerradas (véase Coliseo de A Coruña) ha comprobado
como el olor a sangre resulta insoportable. La prohibición de las corridas de toros en Cataluña
ha reabierto un eterno debate sobre la naturaleza de este espectáculo. Opiniones al margen, lo
cierto es que el toro muere vilmente, previa tortura de sangre.
No es de recibo que, contra quienes se oponen, aparezcan las críticas de los que acusan de
traición al arte, a la tradición y al duelo de muerte.
No dejan de ser demagogias, pues, valentías aparte (que lo son), el toro como cualquier animal
que es no le gusta que le torturen y no deberíamos hacerlo en pleno siglo XXI. Matar nunca
puede ser un arte.